LOS
TRES AMORES DE LOS AGUSTINOS RECOLETOS:
CONTEMPLACIÓN, COMUNIDAD, Y APOSTOLADO
Carácter
Contemplativo de la Orden
Elemento primordial del patrimonio de san
Augustín y de la Orden es la contemplación, que es vida
para Dios, vida con Dios, vida en Dios, vida de Dios mismo; y, también,
la entrega total e incondicionada del hombre a Dios. El religioso agustino
recoleto busca a Dios y se entrega plenamente a él.
El agustino recoleto se siente referido a
Dios como a fin último y único. El conocimiento y el amor
de Dios, sine mercede, sin otra recompensa que el mismo amor,
constituyen el ejercicio del amor castus, de la contemplación,
que es el principal negocio del religioso en esta vida, y que se convertirá
en felicidad perfecta en el reino celestial.
El Dios a quien busca el religioso agustino
recoleto es el Dios revelado en la historia de la salvación,
el Padre de nuestro Señor Jesucristo. La plenitud infinita y
eterna del Padre es, al mismo tiempo, fuente y término de la
contemplación; por ésta, la Verdad inmutable y el Bien
sumo se reflejan y se hacen presentes en la intimidad de la conciencia.
Pero sólo por Cristo, con él y en él, es posible
la unión íntima y vital con Dios. Cristo es la regla suprema
y el camino que hay que seguir según el evangelio y dentro de
la Iglesia. En tanto se le sigue en cuanto se le imita.
La especial vocación del agustino
recoleto es la continua conversación con Cristo, y su cuidado
principal es atender a todo lo que más de cerca lo pueda encender
en su amor. El hombre, por la soberbia, se aparta de Dios; cae en sí
mismo y resbala hacia las criaturas, disipándose en la dispersión
de las cosas temporales. Sólo con la ayuda de Cristo, mediante
la purificación por la humildad, puede el hombre recogerse y
entrar otra vez en sí mismo, donde comienza a buscar los valores
eternos, reencuentra a Cristo y reconoce a los hermanos. Esta es la
interiorización trascendida agustiniana, principio de toda piedad.
Este es el recogimiento o recolección de la Forma de vivir,
camino que lleva derechamente a la contemplación, a la comunidad
y al apostolado.
Efectivamente, recolección es un proceso
activo y dinámico por el que el hombre disgregado y desparramado
por la herida del pecado, movido por la gracia, entra dentro de sí
mismo donde ya lo está esperando Dios e, iluminado por Cristo,
maestro interior sin el cual «el Espíritu Santo no instruye
ni ilumina a nadie», se trasciende a sí mismo, se renueva
según la imagen del hombre nuevo que es Cristo y se pacifica
en la contemplación de la Verdad.
Es también espíritu y ejercicio
de oración. Es, finalmente, espíritu de penitencia y de
continua conversión, que limpia el corazón para ver a
Dios, y es manifestación de ese mismo espíritu en las
obras externas por las que aparece lo que hay dentro.
La organización externa de la Orden
debe favorecer la paz interior, el silencio del espíritu, el
estudio y la piedad; de modo que, en medio de las criaturas de las que
usa por necesidad transitoria, el religioso mantenga el coloquio con
Dios, y todo lo que haga brote de la íntima comunión con
él. Para lo cual se requieren dos cosas: «ánimo pronto
y dispuesto y leyes bien ordenadas.» (Constituciones,
Capitulo 1, Artículo 2)
Carácter
Comunitario de la Orden
La
contemplación, negocio exclusivo del hombre con su Creador y
relación íntima de la persona con Dios, no convierte al
religioso en un solitario. Al contrario, como cada uno se siente referido
y busca a Dios, todos se encuentran en el conocimiento y en el amor
de él.
Dios,
Verdad universal y Bien común, une todos los entendimientos y
todas las voluntades en su conocimiento y amor. Así, la contemplación
tiene fuerza de unión y es, de por sí, comunitaria: hace
a los hombres amadores de la Verdad, y reúne los corazones y
las almas en Dios. Cristo, Verdad y Bien encarnados, congrega a los
dispersos y los hace ser hermanos por la comunión de caridad.
El
Espíritu Sano, que penetra hasta las profundidades de Dios, introduce
por el amor fraterno a la comunidad en el conocimiento y en la verdad
de Cristo, que se desarrollan hasta la contemplación del Padre.
De ahí que la búsqueda y contemplación pasan por
la experiencia y adoración de Dios en los hermanos. Dios, Verdad
suprema, se revela especialmente en el ejercicio del amor fraterno:
Ama al hermano. Porque si amas al hermano a quien ves, en él
mismo verás también a Dios; ya que verás al mismo
amor, y dentro del amor habita Dios.
La
comunidad, según el propósito de san Agustín, se
propone imitar a aquella primitiva comunidad cristiana de Jerusalén:
«Se os va a leer un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles,
para que veáis dónde está descrita la forma de
vida que deseamos plenamente vivir... Ya sabéis lo que queremos:
orad para que podamos ponerlo en práctica». Los hermanos
viven entre sí unánimes y concordes en el mismo Espíritu
por el que son una sola alma y un solo corazón en Dios y para
Dios: llegó el amor y con él la unidad de los hermanos.
La
comunidad se edifica en la Iglesia de Cristo sobre el fundamento de
la caridad, como la verdadera familia de los que tienen por padre a
Dios, por hermano a Cristo y por madre a la Iglesia.
Así,
en la comunidad nadie tiene cosa alguna propia sino que todo es común:
la hacienda, el mismo Dios; la herencia, la gloria celeste; la propia
alma y las almas de todos los hermanos, «porque en realidad tu
alma no es sólo
tuya sino de todos los hermanos, como sus almas son también
tuyas; mejor dicho, sus almas juntamente con la tuya no son varias almas
sino una sola, la única
de Cristo».
Los
hermanos en la comunidad se aman como hijos de Dios y hermanos de Cristo,
honrando recíprocamente
al Espíritu
Santo, de quien son templos vivos; se entregan a sí
mismos y todo lo suyo al servicio del amor; se soportan y perdonan mutuamente;
practican con delicadeza la corrección
fraterna y la reciben con humildad, y se ayudan unos a otros con sus
oraciones ante Dios.
Entre los miembros de la comunidad reina
una amistosa convivencia en Cristo: todos los hermanos fomentan en diálogo
abierto la confianza mutua, socorren a los enfermos, consuelan a los
desanimados, se alegran sinceramente de las cualidades y de los triunfos
de los demás como si fueran propios, se complementan y unen sus
esfuerzos en la tarea común y cada uno encuentra su plenitud
en la entrega a los demás.
En la práctica de la vida común
todos se muestran contentos de su vocación y de la compañía
de los hermanos, de modo que de la comunidad fluye por doquier el buen
olor de Cristo.
La comunidad, realización del misterio
de la Iglesia, es como un sacramento por el que Cristo se hace presente,
se revela y se comunica en la concordia y unanimidad. El Espíritu,
por el amor derramado en los corazones, crea la unidad en los hermanos
con el Padre y el Hijo mediante el vínculo de la paz.
La comunidad, en virtud de su organización
externa, da testimonio ante la Iglesia y ante los hombres de que los
hermanos son una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia
Dios; y ordena lo externo, fiel trasunto de lo interior, al servicio
del Espíritu de Cristo, que la vivifica para el crecimiento de
su cuerpo.
La paz y concordia entre los hermanos son
señal cierta de que el Espíritu Santo vive en ellos, y
constituyen nuestro testimonio en la Iglesia: testimonio simpre válido
y necesario entre los hombres, cada vez más conscientes de su
mutua dependencia; válido y necesario aun ante aquellos que ignoran
o niegan a Dios, pues «a
manifestar la presencia de Dios contribuye en gran manera la caridad
fraterna de los fieles que con espíritu unánime colaboran
en la fe del evangelio y se alzan como signo de unidad».
La
comunidad, surgida como fruto del Espíritu Santo que
renueva la Iglesia sin cesar, se muestra dócil a la acción
divina y, bajo el impulso del mismo Espíritu y la guía
de la Iglesia, es fiel al evangelio y a su propio carisma, acomodándose
a todos los tiempos y a todos los hombres.
Carácter
Apostólico de la Orden
El
amor contemplativo, además de unir las almas y los corazones
en comunidad, es en sí mismo difusivo y apostólico.
El amor de Dios se difunde primariamente
en la comunidad de las tres divinas Personas; secundariamente, en la
creación. El hombre, cuanto más participa del conocimiento
y del amor de Dios, con más fuerza tiende a difundir entre sus
semejantes ese conocimiento y ese amor.
El religiosos contemplativo y comunitario
es apóstol generoso y eficaz, porque lleva dentro de sí
el amor cuya esencia es dar y comunicar, cuyo impulso natural es extenderse
entre los semejantes para robarlos a todos para Dios, para Cristo. El
religioso, en virtud del amor diffusivus, obra y trabaja para
que todos amen a Dios con los hermanos
y está siempre dispuesto al servicio de los hombres y de la Iglesia,
según el carisma de la Orden.
La vida de la comunidad es contemplativa
y activa, de modo que los dos aspectos se integran armónicamente
y se complementan, pues la contemplación y la acción son
en la Iglesia manifestaciones vitales de un mismo amor: «Nadie
debe ser tan ocioso que en el mismo ocio no piense en la utilidad del
prójimo, ni tan activo que no busque la contemplación
de Dios...; como en ningún caso se ha de abandonar el deleite
de la verdad, no sea que desaparezca la suavidad de la contemplación
y nos oprima la necesidad de la acción».
Todos
los miembros de la comunidad se ayudan mutuamente, tanto en la acción
como en la contemplación:«Que
vosotros negociéis en nosotros, y nosotros ociemos en vosotros».
La
comunidad es apostólica y su primer apostolado es la comunidad
misma: dedicada a la oración y a la práctica de las virtudes
y unida en el santo propósito de la vida común, es ya
una obra apostólica.
Y, así como la contemplación
reúne a los hermanos en la verdad y en el amor, igualmente los
debe «arrebatar
en el servicio de la predicación evangélica». Por
ello, la comunidad, atenta siempre a las necesidades de la Iglesia,
busca el lugar y el modo de ser más útil al servicio de
Dios.
Todos
los miembros de la Iglesia tienen derecho al servicio de los hermanos
cuya caridad se extiende a todos los hombres: «Somos
siervos de la Iglesia del Señor y nos debemos principalmente
a los miembros más débiles, sea cual fuere nuestra condición
entre los miembros de este cuerpo».
La interiorización, otium
sanctum, elemento esencial en nuestra tradición monástica
agustiniana, incluye el apostolado de la búsqueda concorde de
la verdad y su expresión más plena al servicio de la Iglesia.
La comunidad debe organizarse de tal
modo que la actividad apostólica y las ocupaciones diarias dejen
libre a los hermanos el tiempo suficiente para dedicarse a la oración
y al estudio de los libros sagrados: «Arrebata
a los siervos de Dios la sed de la verdad y de conocer y descubrir la
voluntad de Dios en las sagradas Escrituras».
Como la Iglesia de Cristo «avanza
peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»
y busca y saborea los bienes celestiales, así también
la comunidad, entre las angustias y tentaciones de este siglo, aspira
a aquella futura Jerusalén, a aquella muy ordenada y concorde
sociedad en la que los hermanos gozarán de Dios y mutuamente
se gozarán en él, y donde vivirán en compañía
con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espiritu Santo.
(Constituciones,
Capitulo
I, Artículo
IV)